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La música raï (mi opinión, en árabe) fue una de las primeras cosas que empezaron a fraguarse en la segunda mitad del siglo XX entre las/os migrantes en Europa, especialmente en la comunidad magrebí, la que procedía de la parte occidental del norte de África. Internet no existía entonces, no había tantos canales de televisión y los altos costes de las llamadas por teléfono desde Europa hacían entonces muy difícil el contacto de las/os expatriadas/os con las familias que se quedaba en el país de origen. La música fue la herramienta ideal para narrar las dificultades de vivir lejos, para contar las complicaciones y reflexiones que sugería ser ese “elemento” inusual dentro de la sociedad europea de acogida.

La música fue el nexo con el país de origen y una especie de hilo que tejía una red que unía a todos los músicos nacidos en la diáspora. Ellas/os empezaron a componer canciones, a fortalecer una red dirigida por los cantantes más destacados que representaban a nuestros migrantes en el extranjero (muhajiruna fi alkharij) y hacían que la música de la diáspora fuera la voz de todas/os ellas/os. Era poesía con música para hablar al mundo de la realidad del migrante.

Llegados los años 80, los tiempos del casete y de los colores salvajes, el migrante magrebí ya disponía de su propio lenguaje: el raï. Aparecieron entonces canciones que han marcado el fenómeno de la migración. Algunas son aún hoy muy conocidas: Yarayeh, o Wehrane.

El  raï, por su tono y su matiz rebelde, ha sido prohibido en varias radios y medios de comunicación árabes. Fue en Europa, por tanto, donde se expandió más y llegó a ser muy popular entre todos los públicos. Muy difundidas fueron en capitales como París las versiones en raï de famosas canciones como Cést la vie o Didi.  El raï es hoy el blues de la música árabe.