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Kamal es un senegalés de 42 años que deja boquiabiertos, a quienes le escuchan, por su filosofía de la vida. Su fórmula de convivencia provoca en su interlocutor un viaje hacia el interior de ellos mismos para hallar las respuestas a lo que pasa alrededor. No siempre el “tú” y el “él/ella’’ son los agentes del cambio. Un “yo’’ puede ser decisivo para alcanzar la estabilidad y la seguridad que anhelamos. Enfocarnos en hablar de la integración, la tolerancia, o la convivencia para afianzar una sociedad plural y multiétnica no es suficiente. Ayuda, y mucho, encontrar a migrantes que son mensajeros de la paz. Como Kamal.

Kamal llegó a España desde Senegal para reencontrarse con su madre en Algeciras. Era solo un adolescente que venía acompañado sólo de un diccionario bilingüe. La madre había venido a España cuando él tenía cinco años y su hermano era un bebé. Ambos se quedaron a cargo de la abuela.

Tu vida en Senegal estuvo marcada por la separación de tus padres. Te quedaste con tu abuela materna cuando tu madre dejó África para buscarse la vida en España. ¿Asumió tu padre un doble papel para llenar, quizás, el vacío que dejó tu madre?

Mi padre hace vida por su cuenta. Desapareció durante unos diez años y volvió a aparecer en nuestra vida. Bueno, lo he buscado yo. Me levanté un día, recuerdo que tenía menos de 13 años, y decidí buscarlo. Insistí hasta que mis tíos maternos aceptaron echarme una mano.

¿Cómo se tomó tu familia materna esa decisión?

Me llevó mi tío. Mi padre trabajaba en una empresa de autobuses y ahí nos recibe una secretaria. Y mi padre me presenta a ella y mi tío se va. No quiere mantener ningún contacto con mi padre.

¿Cómo fue el reencuentro?

Él es un hombre muy simpático, carismático y con una actitud impecable… Bueno, tiene sus cosas positivas y negativas.

¿Cómo habéis terminado en Algeciras?

Mi madre conoció a quien iba a ser su actual pareja. Él le ofreció toda la estabilidad y el apoyo que ella buscaba. Una vez su situación ha mejorado, inició el proceso de traerme a mí primero y, dos años después, a mi hermano pequeño. Y aquí estamos todos… Mi hermano, mi madre y su marido.

¿Fue decisión exclusiva de tu madre dejar África y cruzar el atlántico para buscaros una vida mejor?

Mi madre, justo cuando se vio sola, con la responsabilidad de dos niños de muy corta edad, decide que es el momento para luchar por su familia y salir adelante. Y llega primero a Canarias.

¿Y cómo fue tu infancia sin tener a tus padres contigo?

Cuando mi madre se marchó del país, nos dejó con nuestra abuela. Ella nos ha criado. Gracias a ella he aprendido muchas cosas, como es el hablar diferentes dialectos, como el wolóf y el serer, que me han servido de gran ayuda aquí para ejercer a veces de intérprete en los juzgados o de mediador en la llegada de pateras. Sin duda, mi abuela era nuestra madre. También nos hemos sentido muy arropados por nuestros tíos maternos. Y mi madre venía a vernos en las vacaciones.

¿Sueles echar de menos aquellos primeros años de tu vida?

Uno siempre suele echar de menos lo que ha vivido en la infancia. En África, la vida se hace en la calle. Nos encantaba estar todo el día en la calle.

¿A qué edad llegaste a España? Cuéntanos un poco sobre tu aventura hacia Europa.

Salí de Senegal acompañado de un diccionario bilingüe. Apunté todas las frases que podría necesitar para pedir ayuda en el aeropuerto. En 1996, llegué a Algeciras. Fue la primera vez que me montaba en un avión. Estaba súper contento, me compré un diccionario bilingüe, un boli y un papel. Pero yo aprendía la frase y la memorizaba, sin tener que sacar mis apuntes. Quería aprender y ver que me entendían cuando hablaba en su idioma. Y lo decía todo a mi manera, pero me entendían perfectamente.

Estás en África y a las pocas horas estás en un mundo diferente. ¿Cómo has digerido o asimilado ese cambio?

Un poco difícil de describir, pero al principio estaba muy desubicado. Me preguntaba cómo es posible que en cinco horas todo cambiase: la gente, el color, los olores… Mis primeros meses fueron muy duros…

Te reencontraste con tu madre en España y te enfrentas a lo desconocido. ¿Cómo gestionaste esa vorágine de emociones y cambios vertiginosos?

El reto fue el intentar adaptarse y no perder las costumbres de ahí. En la cultura africana hay que mantener una barrera parental, no sacar temas que son tabú en presencia de tus padres…

¿Has llegado a tener amistades en tus primeros meses?

A los pocos meses empecé a tener amistades que me han ayudado a salir de ese pozo de constantes pensamientos que me recordaban mi vida en África. Pero mis nuevas amistades aquí me han ayudado mucho. Hoy en día, sigo conservando las mismas amistades.

Pudiste tener una especie de protección y has logrado romper la barrera cultural y tener muchas amistades. ¿Cuál fue el siguiente paso?

Para que pudiera apuntarme a los planes de mis amigos, me hacía falta dinero y le dije a mi madre que yo quería trabajar. Entonces, me dijo que estudiara por la tarde y la ayudara por las mañanas en el puesto que tenía en la plaza de abastos. Cada sábado me daba una retribución de 1.000 pesetas.

¿Estando en Algeciras has llegado a tener alguien que te ayudase a mejorar ciertas cosas en ti?

Tratar con los migrantes no es solo el arte de enseñar el idioma, es la mochila que traes contigo. Muchas veces, cargada de códigos culturales no tan positivos como lo es el machista que llevaba dentro de mí. Quien me ayudó a deshacerme de todo lo que, hoy por hoy, considero negativo fue una mujer de Algeciras Acoge que me cambió la mentalidad a mejor. Lo hizo sin nunca ofenderme. ¡Y hoy me quito el sombrero! Me decía lo que se puede decir y lo que no…

Nos has hablado de cosas positivas. ¿Puedes levantar el telón para hablar de algún episodio que te marcara negativamente?

Sí, en algún momento. ¡Pero te digo! Siempre hay que hacer balance: ¡De cien personas me pueden mirar mal cinco! Yo prefiero pensar que igual me miran por otra cosa y no tiene por qué ser una mirada llena de racismo. Pero vuelvo a decir, a mí siempre me han mimado mucho.

¿De dónde sacas esa fuerza para transformar algo negativo en algo positivo o, mejor dicho, no ofensivo?

Todo depende de una palabra clave: Colaboración. En la mayoría de los casos hay falta de trato directo con los migrantes. Eso deja el terreno libre para la entrada de prejuicios e intolerancias. Por ejemplo, muchos cambian su percepción negativa sobre el islam solo cuando conocen a musulmanes y tratan con ellos.

¿El roce y la comunicación son claves para desmontar algunos prejuicios?

Sí, por ejemplo, y hablando desde mi propia experiencia, te puedo asegurar que siete de cada diez personas que he conocido han terminado cambiando el concepto negativo que tenían sobre mi religión.

¿Sientes también que, como migrante, es responsabilidad tuya contribuir a mejorar la convivencia y no quedarte relegado a un segundo plano, esperando a que acepten tu integración en la sociedad? 

Sí, totalmente. También para vivir bien yo. Porque considero que hacer algo positivo siempre tiene un efecto boomerang. Puedo compartir uno de los episodios que me han marcado a bien, aunque han partido de un punto negativo: una discriminación hacia mí. Esto fue cuando estaba trabajando en un bar y llegaron unos clientes de aspecto formal y uno de ellos al verme, les dijo: “Ese negro qué hace aquí?” Poco después, viene mi compañero a decirme que sería mejor que no atendiese a ese hombre para evitar que se produjera algún altercado. Y fue cuando decidí ir yo mismo a atenderle. ¿Qué ha pasado? A los pocos meses llegué a tener una muy buena relación con él hasta el punto de que un día me pidió que hablase con su hija adolescente con la que tenía ciertos problemas de comunicación.

¿Y cómo te sientes cuando obtienes los frutos de tu fórmula anti-prejuicios y pro-aceptación?

La verdad que me siento muy realizado, porque, al fin y al cabo, he podido desmontar un prejuicio. También, hay dos factores importantes: la edad y la maduración. Cuanto más jóvenes somos, menos somos capaces de ver las cosas desde otras perspectivas.

¿Alguna vez no pudiste producir ese cambio?

Sí, pocas, pero sí. Me ha dolido tener que eliminar de mi vida a algunas personas. Porque terminé aceptando la realidad de que dentro de ellos habitan el odio y el racismo. Son pocas, afortunadamente. Pero, ¿Sabes qué pasa? Que el moro, el negro, el musulmán o el hindú viven felices lejos de ese odio. A no ser que tengan que tratar con él y vivan esa discriminación o xenofobia.

¿Cuál es el lema de tu vida?

No hagas lo que no te gusta que te hagan. Partiendo de esta premisa, vamos por buen camino.