Decenas de cuerpos amontonados, sangrientos y sin vida. Son las imágenes estremecedoras que han marcado uno de los episodios más trágicos de la migración subsahariana hacia Europa: El fallecimiento de 23 personas mientras intentaban avanzar hacia el último obstáculo que les separa del continente europeo: la kilométrica valla de Melilla. Sí, 23 víctimas, mayoritariamente de origen sudanés. Estos migrantes subsaharianos corrieron por el Barrio Chino de Melilla el pasado viernes 24 de junio, día de San Juan, armados de una sola cosa: valor para alcanzar el sueño europeo. Pero su acción no salió como esperaban y muchos terminaron perdiendo la vida entre las rejas del estrecho cruce fronterizo. Algunos de ellos sí lograron pisar el suelo español y reunirse con sus compatriotas.
La kilométrica valla se convirtió el viernes en un escaparate de cuerpos apilados, algunos aún aferrados a la vida y otros, desgraciadamente, cadáveres, víctimas mortales de lo que la historia recordará como una de las mayores tragedias migratorias en el paso fronterizo Nador-Melilla. Este paso, rodeado por una valla de entre seis y diez metros de altura, es el último obstáculo de los migrantes subsaharianos que quieren culminar su aventura desde África hasta Europa. España es, en su conciencia y su imaginación, la tierra de su salvación, el suelo que deben pisar para estar más seguros de las nuevas oportunidades que buscan. Es el pasaporte a una vida digna que les permita salvar a su familia del hambre y las necesidades.
Esta tragedia ha copado todos los medios de comunicación y el hombre africano que desesperado quiere llegar a Europa se ha convertido en trending-topic. Su peligrosa peripecia y sus duras condiciones de vida han despertado la empatía de muchas personas, ONGs, asociaciones e instituciones.
Luchar por una vida mejor es un derecho básico y es lo que hacen estos migrantes. Por ellos mismos y por sus familias. ¿Movilizarán esas trágicas imágenes a la sociedad civil para que deje de lado los prejuicios y el rechazo hacia el migrante y tenga más predisposición a entender la migración subsahariana y sus causas?
El domingo 26 de junio, en la plaza del Callao en Madrid, se congregaron cerca de 500 personas para reivindicar los derechos humanos de los migrantes y los beneficios que la migración aporta a nuestras sociedades. “Ningún ser humano es ilegal” o “Así se construye la riqueza europea” fueron algunos de los textos de las pancartas que se pudieron ver. Recordando lo sucedido en años pasados en Estados Unidos, en otra se leía: “Las vidas negras importan” (Black lives matter). Todas estas manifestaciones han coincidido en recordar que emigrar no es delito, que es una necesidad de las personas que viven la dura realidad de África y sus dificultades: “África explotada. Europa cerrada´”, resumía una pancarta.
Las víctimas de Melilla van a ser enterradas sin ser identificadas, en fosas comunes, sin lápidas con sus nombres y apellidos. Nadie podrá recordarlas ni venir a rendirles el necesario homenaje que toda familia quiere hacerle a sus muertos/as. Decenas de miles de personas han fallecido en las últimas décadas en el Mediterráneo, o en el Estrecho de Gibraltar, tragados por las aguas del mar cuando, empujados por las guerras, el hambre o la pobreza, han intentado llegar a esta parte desarrollada del mundo. Las ciudadanas y ciudadanos de Algeciras, Tarifa, Rota o Barbate saben muy bien de qué estamos hablando cuando de migrantes muertos se habla.
El artículo 13 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos establece que toda persona tiene derecho a circular libremente y a elegir su residencia en el territorio del Estado de su preferencia. La voluntad de los estados para cumplir con este principio es voluble. Se pueden tirar años sin voluntad alguna y, de repente, actúan: 124.000 personas procedentes de Ucrania ya tienen protección internacional y 8.100 ya tienen empleo. Sólo en unos meses. Lo cual demuestra que cuando se quiere se puede. Y con voluntad, planificación y colaboración internacional se pueden evitar tragedias como las que, desde Melilla, nos ha sacudido a todos/as.
Un pacto internacional, global, es más necesario que nunca. Los estados desarrollados y los que no lo están tanto tienen que llegar a un acuerdo para que millones de personas en el mundo no acaben condenadas a la miseria, o a vivir tragedias como las vividas hoy en Melilla, ayer frente a las costas de Libia o Turquía y anteayer en el Estrecho de Gibraltar. El mundo debe avanzar hacia el desarrollo de los pueblos y de las personas en sociedades más justas y distributivas que garanticen las necesidades básicas y una vida digna a todas y todos.

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