En una fría mañana de enero, me disponía a abrir la ventana, y ahí estaba ella sentada en frente de un supermercado. La misma mujer de tez negra que veo desde el cristal de mi ventana. Todas las mañanas aguarda su sitio, y a su lado, un pequeño cuenco, sí, ese recipiente sobre el que fija su mirada durante largos minutos, quizás pensando en si se llenará lo suficiente como para poder sobrevivir un día más. A veces, levanta la mirada para ver pasar a los transeúntes, pero rápidamente, la vuelve a fijar en ese »cuenco de esperanza».
Tendría unos 30 años y llevaba ahí unas 2 o 3 semanas aproximadamente. Cada mañana llegaba puntualmente para ocupar su sitio y esperar a que alguno de los transeúntes le pudiese dar algo, aunque sea algo de comida.
En ese día, todo parecía transcurrir con normalidad; la mayoría de la gente la ignoraba, y muy pocas/os se acercaban a ofrecerle ayuda. Sin embargo, me llamó la atención la actitud de un vecino de la zona que pasaba todos los días por ahí, y que repentinamente, se paró al lado de la mujer. Ante la mirada del resto de personas que pasaban cerca, agarró el recipiente donde le dejaban las monedas y apagó su colilla dentro. Acto seguido, siguió con su camino hacia el supermercado, como si nada hubiese pasado. Yo, observando, me sentía incapaz de salir de ese estado de shock que te hace visualizar varias situaciones hipotéticas sobre la reacción de la gente que le han visto en directo haciendo ese acto de odio obsceno y si alguien iba a hacer algo e incluso, si la mujer iba a reaccionar de determinada forma. Cuando la mujer aterrada vio que se había marchado aquel vecino, limpió el recipiente y lo volvió a colocar en su sitio. Al verle salir de nuevo del supermercado, volvió a sentirse bastante alterada como si al mismo tiempo, pensase en qué iba suceder de nuevo ahora. Otra vez y muy descaradamente, le profirió algunos insultos (entre ellos »negra de m*** ») y se marchó a su casa. No pude contenerme ante esto y decidí bajar a hablar con el hombre. Muy enfadada le pregunté que por qué había hecho eso? y con toda la desfachatez del mundo me soltó:
“Estas personas vienen a vivir de las ayudas, las primeras en ser atendidas en la seguridad social y además da una mala imagen a la ciudad. Está ahí tirada y no me gusta. Sólo traen problemas, inseguridad e insalubridad a los que vivimos aquí de toda la vida. Yo no pago mis impuestos para que se lo gasten toda esta gente en ayudas y en vivir del cuento. Mi suegro, por ejemplo, lleva trabajando toda la vida y le ha quedado una m*** de pensión, mientras estos están recibiendo en ayudas el doble. Que se vayan a su país a que les ayuden.”
Tras esto, indignada, le dije que iba a denunciarle ya que consideraba que este tipo de actuaciones no se podía tolerar y que algo había que hacer. Me dirigí a la policía y allí me informaron de que esto podría ser un delito de odio por racismo primero, y por aporofobia, segundo. Yo, sinceramente, poco me sonaba la palabra aporofobia. Y aproveché, mientras volvía de la comisaría, a indagar sobre ello y he encontrado un montón de información sobre esta forma de discriminación.
Después de informarme, te dejo, querido lector, mi reflexión:
Como hemos visto en este caso práctico, este tipo de actuaciones que en ocasiones pasan desapercibidas, realmente son humillaciones susceptibles de ser denunciadas ante las autoridades pertinentes. Incluso, pueden ser castigadas como delitos de odio por el Código Penal. https://www.boe.es/diario_boe/txt.php?id=BOE-A-2015-3439
En este caso, estamos ante un claro ejemplo de discriminación por aporofobia y racismo.
¿Muchos/as nos preguntaremos cómo alguien puede llegar a hacer algo así?. La respuesta está en que este hombre percibe una brecha social y una relación vertical hacia las personas extranjeras; el perfecto paradigma de un ‘’nosotros’’ Vs. ‘’ellos’’. En este caso, la persona en cuestión es una de esos muchos ‘’ellos’’ que nos ‘’invaden’’ a ‘’nosotros’’; es el del perfil al que el imaginario del vecino no logra admitir dentro de su concepto de cómo ha de ser nuestro modelo social; es una persona extranjera sin recursos y que, además vive en la calle. Obviamente, esta persona actúa basada en una serie de prejuicios hacia la mujer que se encontraba en la calle. Sin ni siquiera saber exactamente cómo es esa persona; ¿Qué la ha llevado a esa situación?; ¿por qué lo hace y por quién lo hace? y lo más importante: ¿por qué ha optado por pedir en vez de dedicarse a otras formas de ganar dinero y ganarse la vida más rentables, aunque menos decentes?
Para combatir esto, lo mejor que podamos hacer es vivir experiencias directas con todo tipo de personas. Y ese vecino, seguramente que, si un día se deshiciese de su maleta de prejuicios y se parase 5 minutos a hablar con la muchacha migrante, seguramente que cambiaría esa idea y también, esa actitud. Y estoy segura de que le ofrecerá ayuda. Conocernos, sin importar nuestro origen, cultura, color de piel, religión u orientación sexual, nos enriquece, ¡al igual que viajar! y lo comparo con el hecho de viajar, porque viajar te hace descubrir nuevas culturas y la migración y los migrantes en realidad nos acercan esas culturas, ellos son embajadores de sus propias culturas.
Sin duda, la interculturalidad y la convivencia son la clave para eliminar los prejuicios y reducir la distancia social entre la sociedad civil. Nos ayudan a establecer una relación más cercana y horizontal entre “nosotros” y “ellos”. El último objetivo sería entender que las oportunidades de trabajo son cosas que se logran a mérito propio, independientemente, de tu nacionalidad, de hecho, en el currículum vitae no ponemos nuestra nacionalidad, salvo si es por propia elección. El hecho de que un/a migrante ocupe un puesto de trabajo que una persona oriunda no ha logrado, no significa que se lo haya quitado, pero que lo ha conseguido gracias a su perfil académico-profesional . Hemos de aprender a hacer de nuestras diferencias, unos nexos que nos unan, que hagan que nuestro espacio vital: la calle, sea tan rico al igual que todas las nacionalidades que viven en nuestra zona.
Vamos a detenernos un poco en la actitud de la joven muchacha y víctima de este delito de odio; ella no reacciona ante esa ofensiva discriminatoria. Y es que ante estas actuaciones, las víctimas no son conscientes de que están siendo discriminadas y presentan una elevada tolerancia a las acciones discriminatorias. En este ejemplo, por suerte una persona ajena lo presenció y denunció. Pero en otras ocasiones la gente no lo hace o directamente prefiere no meterse en problemas. Y gracias a la denuncia que hice, he descubierto otro gran dato y concepto: la infradenuncia. Y el caso que nos interesa, es un claro ejemplo de ello, pero ¿a qué se debe? En primer lugar, los expertos subrayan el miedo a las represalias como principal razón que fomentan los delitos y delitos de odio. También, está la desconfianza en el rol de las instituciones por pensar que por ser migrante o por no disponer de un permiso de residencia (estar en una situación irregular) no goza de sus plenos derechos civilices.
Recuerda que, ante este tipo de actuaciones, puedes y debes denunciar como testigo del hecho delictivo.

0 comentarios