El derecho a la salud abarca el acceso a un sistema de protección de la salud que ofrezca a todas las personas las mismas oportunidades de disfrutar del grado máximo de salud que se pueda alcanzar
Organización Mundial de la Salud
En el centro de salud de mi barrio hay días tranquilos y días en que hay más gente que en la plaza de abastos. Enfrente de las consultas encontramos personas mayores y jóvenes que van con más o menos prisa, por algo propio o de alguien cercano.
La sala de extracciones es una de las zonas calientes del centro. En la zona de espera hay grupitos de personas sentadas, aunque la mayoría está de pie. La cola no deja de moverse, pero siempre hay gente nueva que llega y la alimenta.
En la ventanilla, dos enfermeras dan tubos, cogen muestras, ponen pegatinas y explican todo a modo de instrucciones rápidas y eficaces. Hay un murmullo constante y una voz que periódicamente dice ¡Siguiente! destacando entre las demás voces de la sala.
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En un momento, esa voz se oye un poco más alta mientras atiende a un usuario. La gente mira y ve al hombre al que atiende un poco confundido. No se está enterando bien, se nota. Y la enfermera, la de la voz del ¡Siguiente!, da las instrucciones en un volumen más alto y se la oye repitiéndolas una y otra vez. La voz empieza a crisparse y la gente se siente incómoda. A la enfermera se le está acabando la paciencia.
La otra enfermera entiende la situación. Tienen que atender de manera eficaz y sin errores, no se pueden confundir las pegatinas de unos tubos con las de otros, es esencial llevar un orden meticuloso y hay que hacerlo a un ritmo sin pausa, porque la gente se acumula en los pasillos.
La enfermera sigue alzando la voz y acaba preguntándole al paciente: “Pero, ¿tú hablas mi idioma?” No es difícil percibir el bloqueo del hombre. Se ha puesto tan nervioso que no sabe qué hacer y la mira con cara de pánico. La gente de la sala lo observa y él lo nota. Un chico joven le dice a la mujer a su lado, que parece su madre:
–Es un inmigrante. Por culpa de esta gente hay la cola que hay. Y encima los medicamentos les salen gratis.
La madre asiente, distraída. Otra mujer que lo oye se le queda mirando.
La enfermera sigue con las instrucciones, ahora ya casi gritando. La otra enfermera la interrumpe:
–Oye, el hombre está nervioso, está bloqueado. Se ve que entiende regular y no lo va a entender mejor porque le gritemos más.
La enfermera del ¡Siguiente! mira a su compañera con sorpresa, lo piensa un momento y asiente. Es verdad. No es cuestión de volumen.
En la sala hay una chica sentada que no pierde de vista la escena. Intuye que el hombre tiene la misma lengua materna que ella y se levanta a preguntarle:
–Perdone, señor, ¿puedo ayudarle? –, le dice en su idioma.
Campaña de Médicos del Mundo
La cara del hombre cambia repentinamente, hace un gesto de agradecimiento tocándose el corazón y le contesta:
–Sí, por favor.
La chica les dice a las enfermeras que ella puede traducir y las enfermeras acogen la propuesta con entusiasmo. Le repiten las instrucciones con calma y precisión y la chica va traduciendo cada una de las palabras. Cuando acaban, el hombre mira a las enfermeras y sonríe. Las enfermeras sonríen de vuelta. Antes de irse al sitio indicado, el hombre agradece a la chica su ofrecimiento y la joven le dice que no le ha costado nada. Lo mismo les dice a las enfermeras cuando también le dan las gracias:
–No me ha costado nada.
La mujer que está frente al chico joven y su madre acaba de ver la escena y en un impulso le dice al chico:
–Oye –el chico la mira– no es verdad que los medicamentos sean gratis para las personas migrantes. Y otra cosa, la salud es un derecho humano y yo estoy orgullosa de que en mi centro de salud se atienda a todo el mundo por igual.
El chico parpadea de asombro y la madre, dándole con el codo, le dice:
–¿Has oído? Pues eso.
La cola sigue su ritmo habitual, el murmullo continúa interrumpido por un ¡Siguiente! que de forma periódica alcanza, por turnos, a una persona que siente que no está sola porque está acompañada por las otras personas de la sala que pueden ayudarla, si lo necesita, sin que les cueste nada, y sabiendo que, como ella, tienen acceso a un servicio fundamental.

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