“Alguien tenía que haber calumniado a Josef K,
pues fue detenido una mañana sin haber hecho nada malo»
Franz Kafka, El proceso.
Ana llevaba ya unos años viviendo en una ciudad inglesa. Trabajaba en la hostelería o en una tienda, o quizás era contable en una empresa, camarera de piso por temporadas o química en un laboratorio, puede que enfermera en un hospital o estaba casada con una persona inglesa de cierta posición.
Le gustaba su ciudad, tenía sus amistades y sus sitios favoritos. En la época del referéndum que desembocó en lo que luego se conoció como Brexit, había un ambiente algo extraño, exaltado, tenso. Ana empezó a escuchar comentarios que nunca había oído antes sobre los países del sur de Europa. Ella estaba acostumbrada a que le hablaran de las playas de España, de su sol, de su buena comida. Cuando ella decía que era de un pueblo andaluz, solía encontrarse una sonrisa de simpatía como respuesta.
En estos días previos al referéndum, sin embargo, empezó a notar miradas de recelo. En las noticias, escuchó declaraciones de personas públicas que hablaban de la falta de empleo en el país y de la sobrecarga del sistema público. Hasta entonces, la mayoría de la gente achacaba todos estos problemas a los recortes, o medidas de austeridad, que se llevaban implantando desde hacía años y que habían dejado los servicios públicos progresivamente con menos y menos recursos. Pero ahora, mucha gente había dejado de hablar de recortes para hablar de las personas extranjeras en su país.
El día que a Ana le llamaron “cerda”, se quedó de piedra. Era una de las “cerdas”, pigs en inglés. Algunos dirigentes políticos le habían puesto motes a la gente de Portugal, Italia, Grecia y España: PIGS (Portuguese, Italian, Greek, Spanish). Alguien le dijo a Ana que había ido a un país que no era el suyo a robar el trabajo, le dijeron que por su culpa había listas de espera en atención primaria en los centros de salud y las clases las escuelas tenían más alumnas/os por aulas de las/os que caben en ellas.
Cuando salieron los resultados del referéndum, Ana fue a trabajar y una compañera inglesa le dio un abrazo y le dijo: “Yo sí te quiero aquí”. Ana se echó a llorar. Compañeros/as, amigos/as, vecinos/as le dejaron saber de una manera u otra que ella sí era bienvenida y lo cierto es que eso le dio fuerzas para aguantar los insultos que siguieron. “Hemos ganado, vete a tu país”, era el mensaje de los partidarios del Brexit.
Ana volvió a España porque quiso, o no, porque echaba de menos a su familia o porque recibió una oferta de empleo que le gustó, por no someterse al proceso de regularización de sus documentos en el país donde residía o porque a su pareja le apeteció de pronto vivir en un lugar con más sol.
Otra vez en Andalucía, Ana sabía que ella había sido un chivo expiatorio en Gran Bretaña. Sabía que ser señalada por las personas autóctonas por provenir de un país más pobre es fruto del momento de crisis que vivía la sociedad británica. Ella, que había sido bienvenida y aceptada como miembro de la comunidad, se convirtió de pronto en diferente, peligrosa, en una amenaza, en un objeto en el que volcar todas las frustraciones de la gente que la acusaba.
Muchas de las personas inglesas con las que se cruzó antes de dejar el país habían hecho una piña, se habían reconciliado entre ellas temporalmente para cargar contra “el otro”. Y “el otro” era ella. Quienes la insultaban estaban liberando su tensión, su frustración en alguien a quien culpar y atacar: PIGS.
Pero en España también sucede lo mismo con otras personas. Aquí, otras personas son señaladas y acusadas de venir a robar el trabajo, de saturar los servicios públicos, de corromper las costumbres. Ana sabe que sus vecinos y vecinas de otros países no son culpables de nada, ahora entiende que la clave no es la culpa, sino la acusación, el señalamiento. Ana sabe que las causas de los problemas son realmente otras. Los/as extranjeros/as, simplemente, se convierten en chivos expiatorios en los momentos de tensión y crisis. Y algunas personas autóctonas a su alrededor creen en lo que quieren creer para poder acusarlos y culparlos.
Antes de emigrar, Ana escuchaba esos comentarios acusatorios y los repetía sin darse cuenta de lo que hacía. Ahora, Ana cuenta su propia experiencia siempre que puede. Explica que la amenaza de los/as inmigrantes no existe, que los poderosos los culpan a ellos/as de una situación de crisis surgida de un sistema económico y social injusto. Y muchas personas, algunas bien intencionadas, creen ese discurso, lo reproducen y las radios, las televisiones y las redes sociales los multiplican. La acusación dirigida contra los migrantes refuerza y explota antiguos prejuicios étnicos enraizados en nuestras culturas y saca lo peor de la gente, que se convierte en racista y xenófoba.
Ahora Ana sabe que acusar y culpar a las personas extranjeras es más fácil que reconocer las propias responsabilidades y tomar medidas para arreglar de verdad los problemas invirtiendo más en educación y en salud, en infraestructuras públicas, creando empleo, fomentando la cohesión social en las barriadas. Ana ahora quiere poner el ojo en las causas profundas de la desigualdad y la pobreza. Ana cree en la convivencia. Y anima a las personas con las que habla a hacer lo mismo.

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