Suena el despertador, pones los pies en el suelo, te lavas la cara, te vistes, engulles el café y tu cuerpo se activa de forma mecánica. Vas por la calle acelerada pensando en lo primero que tienes que hacer mientras te cruzas a decenas de personas esperando en los mismos semáforos, doblando las mismas esquinas, subiendo las mismas cuestas.
Al pasar por la puerta de un establecimiento, percibes un olor y te resulta familiar. Te paras de pronto y respiras. Te das cuenta de que te sientes como un robot, de que hoy te sobra el ritmo mecánico y sientes la necesidad de tomar conciencia de actos y gestos repetidos a diario.
Sin saber por qué, empiezas a mirar a los ojos de la gente con la que te cruzas: madres, padres, abuelos, abuelas que llevan del brazo a alguna criatura con cara de sueño, la chica que pasea al perro con manchas, el grupo de chavales que mira el móvil camino al instituto, los repartidores que descargan de la furgoneta a la puerta de la tienda, las mujeres que colocan la fruta en sus puestos de la plaza, la gente que barre y baldea las calles.
A aquellas personas que te devuelven la mirada les ofreces una sonrisa que se manifiesta por encima de la mascarilla. Una señora con un vestido gris brillante espera con cara triste a que abra el puesto de la lotería. La miras, te mira, sonríes y te sonríe, “hola, hija”. Su gesto ha cambiado por un momento, te preguntas si vivirá sola, por qué estaría triste.
Al girar la esquina un hombre de unos 40, con un cinturón al que le cuelgan herramientas mira el reloj angustiado y vuelve a mirar la calle. Te acercas, por su chaleco es técnico de alguna compañía, lo miras a los ojos y le sonríes. Su mirada cambia y se acerca para preguntarte por el número 12 de la calle que tiene justo a su espalda. Le señalas con el dedo para que se vuelva y se ríe avergonzado. Te da las gracias y “¡buen día!”, llama con prisas al telefonillo.
Paras en la panadería. Hoy quieres pan del día. Al llegar una cola de gente espera respetando las distancias. La chica de delante de ti, distraída, se acerca un poco a otra mujer, que le echa una brusca mirada mostrando su desaprobación. Te hubiera gustado mirarla y sonreírle para quitarle importancia al incómodo momento, pero la chica sale rápido y no te ve.
Justo delante de tu portal te la encuentras, está mirando unos anuncios de alquiler y ahora sí, le sonríes. Le preguntas si busca piso, le comentas un par de sitios del barrio y le ofreces tu número de teléfono. Está muy agradecida y se despide con un “puede que seamos vecinas, ¿eh?”.
Pasa el día y ya de vuelta, en casa, repasas las caras de esa gente a la que hoy has buscado con la mirada. Sabes que no vas a poder parar todos los días, pero piensas que vas a intentarlo de vez en cuando, que vas a fijarte en lo importante. A veces los pequeños detalles del día a día, como ofrecer una sonrisa, tienen un gran poder y permiten revertir situaciones de malestar o sacar una sonrisa como respuesta en la cara más triste.
Recuerdas la tristeza de la mujer con velo que esperaba delante del puesto de lotería, la vergüenza divertida del hombre con acento de Perú y el cinturón de herramientas, los nervios de la chica mulata de la panadería. Y lo más importante, recuerdas haberte sentido así en algún momento, te reconoces en cada uno de esos gestos.
Sientes por todos ellas/os una gran empatía, que no es más que nuestra capacidad de ponernos en el lugar de otra persona. Una capacidad propia del ser humano que nos permite aprender a reconocer, comprender y gestionar los sentimientos, las emociones y las necesidades de los/as demás. Todos y todas nos sentimos tristes si nos miran de manera brusca, nos alegramos cuando alguien nos trata con cercanía y amabilidad, nos avergonzamos si nos sentimos ridículos/as, o nos enfadamos si nos tratan mal. Todos los seres humanos somos iguales en lo básico: en sentir, en necesitar a los demás y en construir nuestras vidas en sociedad. Ser humano no depende de nuestro origen ni de nuestro aspecto. Es lo que somos.
Y ahora piensa: Mientras estabas leyendo… ¿Esperabas que la mujer del vestido gris llevara velo, que el técnico tuviera acento de Perú, o la chica de la panadería, la piel de otro color que no fuera blanco? ¿Cómo imaginabas a estas personas? Son detalles sin importancia en realidad. Para ponernos en su lugar y sentir lo que ellos/as han sentido no importa su color de piel o el lugar donde hayan nacido. Lo importante es que si practicamos y fomentamos la empatía rompemos las barreras de las desigualdades sociales, económicas, étnico-raciales, culturales, sexuales, religiosas y de género que obstaculizan nuestra convivencia con las personas a nuestro alrededor.

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