Imagina la cena de Navidad, una comida de trabajo o unas cañas improvisadas con los amigos de unas amigas. La conversación va pasando de unos temas a otros: de la mucha o la poca lluvia al “oye, qué tal está tu madre”, al cole de los críos, al último cotilleo del taller, de la oficina o de la tienda… Para cuando llega la sobremesa, la conversación se ha ido animando.
Es costumbre en muchas reuniones familiares que en la comida no se hable ni de política, ni de religión, ni de fútbol. Pero para cuando llega la sobremesa ya se nos ha olvidado y se desbordan los límites de esa impuesta prudencia social. Surgen temas de conversación que invitan a opinar.
Es ahí donde aparecen
el cuñadismo y
los chistes sin filtro
El “cuñado”, más allá de relaciones familiares, es esa persona que habla sin saber, pero imponiendo su opinión sobre cualquier asunto. Aparenta ser más listo/a que los/as demás y se esfuerza por mostrar que hace las cosas mejor que nadie. Es esa persona que te interrumpe para decir “espera, que yo te lo explico”. ¿Te suena?
Los chistes sin filtro llegan sin avisar y son esos que, siendo más o menos graciosos, dejan un ambiente de malestar. Tú lo oyes, te ríes más o menos, pero te quedas con una incomodidad por dentro. Te da la sensación de que es racista o de que es machista, de que atenta contra los/as homosexuales, bisexuales, transexuales o contra la población migrante, de que es clasista. En resumen, sabes que es de algún modo intolerante y sientes que cruza una línea.
Si se te ocurre decir algo, protestar de alguna manera, el cuñado de turno responde: “¡Es mi opinión!”; “Es que ya no se puede hacer ni un chiste”. Lo que puede pasar es que el buen rollo de la sobremesa se agríe y todo por tu culpa, porque “no tienes sentido del humor” o, peor, porque “no respetas la libertad de expresión”.
En este momento, te surgen varias preguntas: ¿De dónde vienen estas opiniones? ¿De dónde surgen esos chistes? El cuñado de turno, ¿está ejerciendo la libertad de expresión, o está activando la educación basada en el desprecio al otro que ha recibido durante toda su vida? ¿Es su opinión fruto de una reflexión propia, o está reproduciendo algo que ha heredado, que ha escuchado siempre en dichos, refranes y chistes?
El prejuicio se basa en creencias socialmente compartidas y culturalmente condicionadas. La mayor parte de los estereotipos no proceden del trato directo con personas de otros grupos, sino de lo que nos cuentan, de lo que se aprende en la familia o la sociedad. Y este aprendizaje se vuelve tóxico cuando aprendemos a despreciar la diferencia y a los diferentes y olvidamos que, en el fondo, los seres humanos no somos tan distintos unos de otros.
El trato que recibe una persona o un grupo de personas depende de cómo la define la sociedad. Las opiniones, los chistes que ahondan en los estereotipos y alimentan los prejuicios racistas, machistas, clasistas, homófobos… pueden, a la larga, incitar directa o indirectamente a la discriminación de personas que pertenecen a ciertos grupos. Cuando la diferencia se entiende como algo negativo, surge la desigualdad y el trato discriminatorio.
El odio, como fenómeno social, no es algo que sucede en el vacío. No surge de la nada. Clasificar a las personas por jerarquías y despreciar a las que considera débiles o inferiores hacen que el cuñado se sienta superior frente a los protagonistas de sus opiniones, de sus chistes. Esos chistes crean distancias sociales (nosotros/ellos) y refuerzan los prejuicios y la división.
El odio se alimenta, entre otras cosas, de muchas opiniones y de muchos chistes sin filtro que, al repetirse, acaban normalizando el desprecio a las personas de otros grupos sociales. Y el desprecio que se instala en nuestra sobremesa ayuda a justificar los obstáculos reales que encuentran muchas personas discriminadas en el acceso a los servicios públicos, la educación, la salud, o cualquier otro de sus derechos.
Aprendamos de los/as más pequeños/as, de su mirada limpia y desprejuiciada, de su trato igualitario con compañeros/as y amigos/as. Fomentemos la igualdad, el respeto a los demás en su diversidad, la convivencia y la protección de las minorías vulnerables. La práctica de la igualdad es indispensable para contrarrestar el desprecio que intoxica con su odio nuestra reunión familiar después de una comida. Así, los chistes racistas, los chistes que fomentan el desprecio no harán gracia a nadie y acabarán por no contarse. Estaremos construyendo una sociedad mejor.

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