El miedo es la sensación de angustia que se produce ante la percepción de una amenaza. Sin embargo, no hay nada que por sí mismo sea una amenaza. Siempre lo es para alguien, y depende de los recursos que ese alguien tiene para enfrentarla. El mar, por ejemplo, puede ser una terrible amenaza para quien no sabe nadar, pero deja de serlo para alguien que es experto en natación. Entender esto es esencial para comprender cómo funciona el mecanismo de nuestro miedo.
La mayoría de las personas sentimos miedo ante lo desconocido, al no saber si tendremos los recursos suficientes para afrontar la presumible amenaza que se nos presenta. Cuando vienen personas migrantes a nuestro país, a muchas personas nos puede ocurrir que experimentemos una emoción de miedo. Esto no es malo. Es una emoción totalmente válida como las demás, pero la diferencia está en cómo la gestionamos. Para ello, es necesario que comprendamos correctamente cómo funciona el miedo y cómo podemos lidiar con él.
Cuando la amenaza que percibimos es de un valor de 10 (en una escala de 1 a 10), pero nuestros recursos para afrontarla son de 10, no sentimos miedo, ya que tenemos los recursos personales necesarios para afrontar la situación. Cuando a nuestro país llega gente de fuera, desconocida, con otras costumbres y formas de vida, sentimos miedo, al no saber de qué recursos disponemos para afrontar esta situación desconocida. En cambio, si disponemos de los recursos y herramientas necesarios que, en este caso, sería una pequeña operación: la descodificación cultural.
Por sentir esta emoción no debemos culpabilizarnos, sino preguntarnos por qué sentimos esto y qué es lo que deberíamos hacer para convertirlo en otro sentimiento. Una vez detectado el origen de este sentimiento, podremos trabajar sobre él. ¿Cómo? básicamente, a través de entender al otro, conocer su cultura y no dejarse influir por los estereotipos, los bulos y algunas narrativas negativas con respecto a la comunidad migrante.
Ante el miedo generado por una situación de incertidumbre, podemos combatirlo con datos reales. Las amenazas en muchas ocasiones no son reales, sino que son percibidas como tal. Nosotros mismos percibimos que algo desconocido puede ser una amenaza, por lo que, si nos documentamos al respecto a través de fuentes fiables de información, podremos cambiar nuestra perspectiva sobre esta situación y que ésta misma deje de ser algo »amenazante». Cuando no tenemos la suficiente información sobre algo, nuestro cerebro tiende a imaginarse el resto, intentando anticipar posibles situaciones, pudiendo generarnos miedo a escenarios que nunca van a darse. Para ello, debemos nutrirlo de experiencias, de testimonios reales, contacto con otras personas, etc.
En definitiva, aunque el miedo sea una emoción que se le suele dar una connotación negativa socialmente, cumple una función en nuestro procesamiento de las situaciones. No debemos rechazar e intentar no sentirlo, sino preguntarnos de dónde viene esa sensación e intentar trabajar sobre ella. Todos sentimos miedo alguna vez cuando hay desconocimiento, pero podemos enfrentarnos a ello pidiendo ayuda, información y estando abiertos/as a escuchar. Esto será la clave para conseguir que el miedo solo sea una emoción con la que podemos convivir e incluso usarla a nuestro favor, sin que esta se convierta en algo perjudicial y que nos cause problemas en nuestra vida diaria.

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