Un pueblo andaluz de la serranía se despertó con una noticia sorprendente: iban a abrir un centro cívico en el antiguo cuartel que llevaba años cerrado. Lo había dado la radio local por la mañana y, a la hora de comer, estaba en los tablones informativos y en el facebook del ayuntamiento. En la noticia había una cita, una convocatoria, una invitación: Plaza de la Constitución, seis y media de la tarde del viernes. Fue la comidilla en la panadería, en el kiosco, en la puerta del colegio rural.
Aquellas/os que acudieron a la cita se encontraron un montón de sillas dispuestas en círculo. Cuando estaba todo el mundo sentado y en silencio la nueva alcaldesa expuso la propuesta: el pueblo iba a restaurar el antiguo cuartel e iba a convertirlo en un centro cívico y para ello se necesitaba la participación de cada vecina/o. El ayuntamiento había pedido financiación para el proyecto y Diputación había concedido todo el presupuesto requerido. Ese centro cívico que se proponían abrir iba a ser lo que quisieran que fuera. Solo tenían que empezar a pensar, debatir cómo se iban a distribuir los espacios, qué actividades iba a albergar al centro cívico, organizarse para decidir cuáles eran las ideas más populares y ponerse manos a la obra. Para ello, iban a tener reuniones cada viernes a la misma hora.
Después de un silencio más largo de lo habitual, Paqui la del estanco preguntó:
“Pero, ¿a las reuniones viene cualquiera? ¿Y lo que digamos se va a hacer?”
“Ésa es la idea”, contestó la nueva alcaldesa.
Los encuentros empezaron con unas pocas personas, pero cada viernes había más y más gente. El tercer día de reunión, Carmina, la médica rural, apareció con unos pastelitos de almendras y miel y Abdelai, en la cafetería de la plaza, se encargó de hacer té para todas/os las/os asistentes. Cuando Iván, el agente forestal, prometió para la próxima su famosa torta de pellizco, decidieron repartirse las tardes para traer merienda e hicieron una plantilla de turnos. El funcionamiento de los espacios de encuentro era desconocido para la mayoría, pero se dieron cuenta de que organizarse no era tan difícil como habían pensado. Después de una decena de reuniones y unos cuantos kilos de azúcar, llegaron los consensos y empezaron las obras.
Si entras al pueblo ahora, verás el mural tan colorido que rodea el centro cívico por sus cuatro costados, con algunos de los acontecimientos más sonados del pueblo y una guía audiovisual en la que se van escuchando las historias contadas por voces y acentos de diferentes personas del pueblo. Dentro del centro, hay un espacio amplio donde continúan los encuentros de los viernes cada dos semanas y donde cualquier vecina/o puede proponer una actividad, que se anuncia luego en los tablones de la calle y de la entrada. Tiene además una biblioteca/ludoteca que ocupa toda la planta de arriba y que se ha convertido en un atractivo turístico del pueblo porque los fines de semana alberga la única biblioteca humana de toda la provincia.
Espera… ¿biblioteca humana?
Continuará…
Los hechos narrados en esta entrada son ficticios pero bien podrían haber ocurrido. Si quieres saber cómo organizaron una biblioteca humana (de manera ficticia) y en qué consiste (eso sí, de manera real), sigue leyendo nuestro próxima entrada Biblioteca humana (II). El experimento.

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